
A nivel práctico, uno sigue relacionándose con la gente de forma completamente normal. A nivel práctico, siguen existiendo dos cuerpos, uno aquí y otro ahí. Puedo seguir dirigiéndome a ti como si fueras una persona distinta de mí, y ése es el gran misterio, la paradoja divina: ¡no existe ni un tú ni un yo –en el sentido de que no existen dos entidades reales distintas entre sí- pero, aparentemente, hay un tú y hay un yo! No hay por qué rechazar el juego del “tú y yo”, no hay por qué rechazar nuestra condición de ser humano. Basta con percibirla. Percibirla en toda su claridad es acabar con ella.
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